Tradução | Piñol

Albert Sánchez Piñol traduzido por Ari Roitman e Paulina Wacht


El gran Vauban reposaba en una cama con sendas columnas en las esquinas que se proyectaban hasta el techo. Su torso estaba medio incorporado gracias a un voluminoso cojín. Se moría, en efecto. Pero incluso en esa última hora su presencia imponía. Su respiración, entrecortada, era el ronroneo de un león. Jeanne también estaba allí.

Según el protocolo tendría que haberme acercado a los pies de la cama y saludar al gran hombre con una inclinación de la cabeza. No pude. Le debía los dos años más fructíferos de mi vida, la formación de mi carácter y mi destino. Me abalancé sobre su mano y la llevé a mi mejilla, llorando como un bebé. En favor de la familia Vauban, diré que nadie me lo impidió ni me lo recriminó. Es más, cuando levanté la cabeza el marqués me observaba, y si un padre le dice a un hijo con la mirada «yo te he hecho», esa fue la mirada más paternal que jamás me hayan dedicado.

El marqués dijo:

— Ha entrado en esta habitación como aspirante. Deseo que salga de ella como ingeniero real.

Pidió a sus hijas y a sus secretarios que nos dejaran a solas. A Armand y a Zenon les ordenó que se apostaran ante la puerta. Me habría gustado ver la cara del tipo que nos cortó el paso: el secretario volvía a aparecer ante él, ahora por duplicado.

— Por motivos obvios — siseó el marqués —, tendrá que ser un examen breve. Voy a hacerle una sola pregunta. — Durante unos instantes contempló el techo con la boca abierta, pensativo. Por fin, sin apartar los ojos del cielo, dijo —: Resuma el siguiente tema: bases de la defensa óptima de una plaza asediada.

No podía imaginarme una pregunta más sencilla. Así, pues, se trataba de un simple trámite. Antes de morir Vauban quería proyectar al mundo su último ingeniero, eso era. Por mucho que disimulara, yo sabía que estaba orgullosísimo de ese alumno díscolo y respondón y al mismo tiempo tan bien dotado para el oficio. Empecé esbozando las columnas vertebrales en que se apoyaba una buena fortaleza bastionada. El glacis, el camino cubierto, las distancias correctas entre bastiones para que las áreas batidas no ofrecieran puntos ciegos. Hasta me permití un análisis de la gola, es decir, la entrada a los bastiones, que, a mi entender, por lo general se diseñaba demasiado estrecha. Pero entonces ocurrió algo imprevisto.

Vauban me interrumpió. Aún tuvo fuerzas para levantar la voz.

— ¡En síntesis, por favor!

Y lo que me asustó fue que también dijo:

— No, no es eso.

Así pues, ¿iba desencaminado? Me puse nervioso. Hablé del grosor de los muros, de los grados de inclinación. Del aprovechamiento del terreno para erigir defensas. Del foso y de las diversas formas de obturar brechas abiertas. Su mirada de disgusto me decía que no, que no era eso lo que quería oír. Hasta se pasó una mano por la frente, signo inconfundible de disgusto en el marqués. Hablé de las guarniciones, el número de hombres adecuado según el tamaño de la fortificación, las armas, municiones y provisiones necesarias. Cité a Herón de Constantinopla y sus sabios consejos al general que defendiera una plaza. En ese momento una punzada de dolor asaltó al marqués. Entornó los ojos, la boca crispada. Miró al techo, como pidiendo un aplazamiento, y dijo:

—¡No, no y no! Vaya a lo esencial, se nos agota el tiempo. — Y suspiró —. Bastaría con que mencionara una palabra, una sola que resume la defensa perfecta.

Los que agonizan no tienen tiempo para inconcreciones, y Vauban me trataba como si fuera un sinsustancia. Mi espíritu se tambaleó. Dudé de todo lo aprendido. ¡Mi resumen era exacto, sin grasa! ¿Qué se me escapaba? Insistí un poco más. Quizás Vauban quería saber la parte compasiva del arte de la defensa, así que referí todas y cada una de las medidas para mantener a salvo a los civiles mientras durara el asedio. No. Iba mal. Me detuve. No tenía ni idea de la respuesta que deseaba. Callé.

Él levanto el dedo índice y dijo algo que me llevaré a la tumba:

— Una palabra. Le basta con pronunciar una palabra.

Di un paso hacia su cama e incluso me incliné apoyando los puños em el colchón.

— Pero monseigneur — dije con el tono de voz más dulce y respetuoso que he usado en mi vida —, acabo de referir todo lo que Bazoches me ha enseñado.
Fue como si Vauban se rindiera. Se llevó una mano a los ojos.

— No, no lo ha hecho. No lo ha entendido. Basta. — Jadeó sin mirarme —. En conciencia, no puedo darle mi plácet. Créame que lo siento, tendrá que buscar otro maestro más eficiente que yo. Le he fallado. — Y dictaminó —: No es usted apto.

Creí que el que se moría era yo, y no él. Hizo un gesto cansado con la mano, que volvió a caer sobre la cama.

— Ahora tengo una audiencia que no puedo eludir. Váyase.

Salí de la habitación más blanco que el yeso. Los Ducroix entendieron de inmediato lo ocurrido y me llevaron aparte, ocultándome del gentío carroñero. Yo a duras penas podía hablar. Me descubrí el antebrazo, desesperado:

— ¡El quinto Punto! Lo tengo grabado en la piel, pero no es mío. ¿Quién lo validará ahora? ¿Quién?

Mientras me arrastraban, gimoteé como un perrito que acaba de recibir una paliza inmerecida.

— Pero ¿qué palabra me pedía el marqués? — dije entre sollozos —. ¿Qué palabra?

Había ido a París a examinarme, la prueba más importante de mi vida. Me iría habiendo aprendido una lección tan amarga como inútil: ¿cuándo sabemos que todo está perdido? Cuando hasta los que te aman callan. Porque los Ducroix suspiraban afligidos, y el único consuelo que pudieron ofrecerme fue esconderme a la vista de los demás, llevándome a la sala más alejada de aquella casa visitada por la muerte.

Sébastien Le Prestre de Vauban murió el 5 de marzo de 1707. De las exequias y el funeral solo me queda una sensación de vértigo borroso. «No es apto.»

Yo era la última creación de Bazoches y, si me toleran la osadía, la más elaborada. Una máquina perfeccionada durante dos años de rigores y disciplina. En los últimos días de mi adiestramiento me sentía capaz de todo. Constantinopla sufrió veinticinco asedios. Yo estaba seguro de poder defenderla de los veinticinco ejércitos a la vez. O de asaltarla, si sirviera a un amo opuesto. Solo pediría quince días de cerco para crear tres paralelas. Y ahora no era nada. Aquella negativa me condenaba a un limbo en vida. «Una palabra, una sola.» Pero ¿cuál? Aquella sentencia me convertía en un monstruo, el feto de un unicornio abortado.

Una de las innumerables personalidades que acudieron al último adiós fue el caballero Antoine Bardonenche, aquel capitán de infantería con el que a veces nos solazábamos Jeanne, su hermana y yo, jugando a la gallinita ciega a orillas de algún riachuelo o por los pasillos de Bazoches. Yo aún estaba sentado en el banco de un pasillo, los codos apoyados en las rodillas y los dedos cruzados, hundido, la mente vacía de pensamientos y llena de dolor, cuando se me acercó Bardonenche, esbelto y luciendo su blanco uniforme.

— Está usted melancólico, mi buen amigo — dijo, tan jovial como siempre pese a estar en los entremedios de un funeral —. Me comentan que se halla a la búsqueda de un futuro de provecho.

No tenía fuerzas ni para contestar. Bardonenche siguió:

— Ya que estudia ingeniería, debería poner en práctica los conocimientos adquiridos. ¿Le gustaría incorporarse a una brigada de ingenieros como ayudante? Así ganará experiencia práctica. Con el tiempo lo confirmarán como integrante del cuerpo real, estoy seguro.

Con la muerte del marqués era evidente que Bazoches se convertiría en algo muy distinto, y que Jeanne tomaría las riendas. No podía quedarme. Asentí desvaídamente con la cabeza. Bardonenche, risueño, se golpeó la palma derecha con el puño izquierdo:

— Rejoingnez l’armée du roi!

Jeanne había sido el yunque y Vauban el martillo. Y yo, un pedazo de latón aplastado entre los dos. Todo me daba igual. Si me hubieran ofrecido una plaza en Anatolia, como constructor de cercos para piaras turcas, también habría dicho que sí. En cuanto a Jeanne, mi última conversación con ella solo sirvió para destrozarme aún más el alma.

—Tú hiciste que me admitiera en Bazoches — rememoré —. Mentiste a tu padre. Le dijiste que era yo el que conocía mejor su obra, y no era cierto. Quizás fue un error, quizás nunca tendría que haberos conocido. Y hoy todos seríamos más felices.

— Pero Martí — replicó —, yo no le dije ninguna mentira. Hice una relación exacta de las respuestas de los tres aspirantes, incluida la tuya. «Una flor de piedra», así describiste su mejor fortaleza. Y mi padre dijo: «Ese será mi alumno, ese puede que tenga corazón de ingeniero».

Vauban murió en París pero fue enterrado en Bazoches. El corazón separado del cuerpo, en una urna. Era un hombre que respetaba el orden, no quiso oponerse a las convenciones de su tiempo. Pero para quien supiera ver, ahí estaba todo: el cuerpo para los curas, su corazón para el Mystère. Si ustedes son creyentes, sepan que de todos los seres humanos que han existido desde que el mundo es mundo, Vauban es el único de quien me atrevería a jurar que está allá arriba. Me apuesto lo que quieran a que al verlo venir le abrieron las puertas del cielo, de par en par y sin rechistar. O eso o san Pedro se arriesgaba a que volviera com un regimiento de zapadores. Yo creo que habría tomado el cielo en siete días. Bueno, seamos piadosos; aunque solo sea para no ofender al que según los ilusos creó toda esta mierda, dejémoslo en ocho.

Tradução

O grande Vauban estava repousando numa cama com colunas nos quatro cantos que se projetavam até o teto. Seu torso estava semierguido graças a uma volumosa almofada. Ia morrer, de fato. Mas mesmo nesses últimos momentos sua presença se impunha. Sua respiração, entrecortada, era o ronronar de um leão. Jeanne também estava lá.

Segundo o protocolo, eu deveria me aproximar dos pés da cama e cumprimentar o grande homem com uma inclinação de cabeça. Não consegui. Eu lhe devia os dois anos mais frutíferos da minha vida, a formação do meu caráter e do meu destino. Pulei até sua mão e a pus na minha bochecha, chorando como um bebê. A favor da família Vauban, direi que ninguém me impediu nem me recriminou. E mais, quando levantei a cabeça o marquês me estava observando. Se um pai diz com o olhar a seu filho “eu fiz você”, aquele foi o olhar mais paternal que eu já havia recebido na vida.

O marquês me disse:

— Você entrou neste quarto como aspirante. Desejo que saia como engenheiro real.

Pediu às filhas e aos secretários que nos deixassem a sós. Mandou Armand e Zenon ficarem diante da porta. Eu gostaria de ter visto a cara do sujeito que impediu a nossa passagem: o secretário
voltava a aparecer à sua frente, agora duplicado.

— Por motivos óbvios — ciciou o marquês —, isto tem que ser um exame breve. Vou lhe fazer uma única pergunta. — Durante alguns instantes, contemplou o teto com a boca aberta, pensativo. Por fim, sem tirar os olhos do céu, disse: — Resuma o seguinte tema: bases da ótima defesa de uma praça assediada.

Eu não podia imaginar uma pergunta mais simples. Ou seja, aquilo era apenas uma formalidade. Antes de morrer, Vauban queria projetar o seu último engenheiro no mundo, era isso. Por mais que ele escondesse, eu sabia que estava muito orgulhoso deste aluno rebelde e respondão, e ao mesmo tempo tão bem dotado para o ofício. Comecei esboçando as colunas vertebrais em que se apoiava uma boa fortaleza com bastiões. A esplanada, o caminho coberto, as distâncias corretas entre os bastiões para que as áreas adjacentes não tivessem pontos cegos. Até me permiti uma análise da gola, quer dizer, a entrada para os bastiões, que a meu ver geralmente era desenhada muito estreita. Mas então ocorreu uma coisa imprevista.

Vauban me interrompeu. Ainda teve forças para levantar a voz.

— Em síntese, por favor!

E o que me assustou foi que também disse:

— Não, não é isso.

Então, eu tinha perdido o rumo? Fiquei nervoso. Falei da espessura dos muros, dos graus de inclinação. Do aproveitamento do terreno para erigir defesas. Do fosso e das diversas formas de obturar brechas abertas. Seu olhar de desagrado me dizia que não, que não era isso o que ele queria ouvir. Passou até a mão na testa, um inconfundível sinal de contrariedade no marquês. Falei das guarnições, do número de homens adequado segundo o tamanho da fortificação, as armas, munições e provisões necessárias. Citei Herão de Constantinopla e seus sábios conselhos ao general que tivesse que defender uma praça. Nesse momento uma pontada de dor assaltou o marquês. Ele entreabriu os olhos, a boca crispada. Olhou para o teto, como pedindo um adiamento, e disse:

— Não, não e não! Vá ao essencial, o tempo está se esgotando. — E suspirou. — Bastaria mencionar uma palavra, uma só que resume a defesa perfeita.

Quem agoniza não tem tempo para abstrações, e Vauban me tratava como se eu fosse um inepto. Meu espírito cambaleou. Duvidei de tudo o que tinha aprendido. Meu resumo era exato, sem gordura! O que me escapava? Insisti mais um pouco. Talvez Vauban quisesse saber a parte compassiva da arte da defesa, então enumerei todas e cada uma das medidas para proteger os civis durante o assédio. Não. Estava errado. Parei. Não tinha a menor ideia da resposta que ele desejava. Calei-me.

Ele levantou o dedo indicador e disse algo que irá comigo para o túmulo:

— Uma palavra. Basta pronunciar uma palavra.

Dei um passo em direção à cama e até me inclinei, apoiando os punhos no colchão.

— Mas, monseigneur — disse no tom de voz mais doce e respeitoso que usei em toda a minha vida —, acabei de citar tudo o que Bazoches me ensinou.
Foi como se Vauban desistisse. Levou uma das mãos aos olhos.

— Não, não o fez. Não entendeu. Chega. — Ofegou sem me olhar. — Em sã consciência, não posso lhe dar minha aprovação. Acredite que lamento muito, mas vai ter que procurar outro professor mais eficiente que eu. Falhei. — E determinou: — Você não é apto.

Pensei que quem ia morrer era eu, não ele. Fez um gesto cansado com a mão, que voltou a cair sobre a cama.

— Agora tenho uma audiência que não posso evitar. Pode ir.

Saí do quarto mais branco do que gesso. Os Ducroix entenderam imediatamente o que tinha acontecido e me levaram para um canto, escondendo-me da multidão feroz. Eu quase não conseguia
falar. Mostrei o antebraço, desesperado:

— O quinto Ponto! Está gravado na minha pele, mas não é meu. Quem o validará agora? Quem?

Enquanto eles me arrastavam, eu choramingava feito um cachorrinho que acabou de receber uma surra imerecida.

— Mas que palavra o marquês me pedia? — disse entre soluços. — Que palavra?

Eu havia ido a Paris fazer um exame, a prova mais importante da minha vida. Voltaria tendo aprendido uma lição tão amarga como inútil: quando sabemos que tudo está perdido? Quando até os que te amam se calam. Porque os Ducroix suspiravam aflitos, e o único consolo que puderam oferecer-me foi me esconder da vista dos outros, levando-me para o aposento mais isolado daquela casa visitada pela morte.

Sébastien Le Prestre de Vauban morreu no dia 5 de março de 1707. Das exéquias e do enterro só me resta uma sensação de vertigem imprecisa. “Não é apto.”

Eu era a última criação de Bazoches e, se me toleram a ousadia, a mais elaborada. Uma máquina aperfeiçoada durante dois anos de rigores e disciplina. Nos últimos dias do meu treinamento, eu me sentia capaz de tudo. Constantinopla sofreu vinte e cinco assédios. Eu estava certo de poder defendê-la dos vinte e cinco exércitos ao mesmo tempo. Ou de assaltá-la, se servisse a um amo oposto. Só pediria quinze dias de cerco para criar três paralelas. E agora, não era nada. Aquela recusa me condenava a um limbo em vida. “Uma palavra, uma só.” Mas qual? Essa sentença me transformava num monstro, no feto de um unicórnio abortado.

Uma das inúmeras personalidades que compareceram ao último adeus foi o cavalheiro Antoine Bardonenche, aquele capitão de infantaria com quem às vezes Jeanne, sua irmã e eu nos divertíamos, brincando de cabra-cega à beira de algum riacho ou nos corredores de Bazoches. Eu estava sentado no banco de um corredor, com os cotovelos apoiados nos joelhos e os dedos cruzados, abatido, arrasado, vazio de pensamentos e cheio de dor, quando Bardonenche se aproximou de mim, esbelto em seu uniforme branco.

— Parece melancólico, meu bom amigo — disse, jovial como sempre apesar de estar no meio de um funeral. — Ouvi falar que você está à procura de um futuro de proveito.

Eu não tinha forças nem para responder. Bardonenche continuou:

— Já que estudou engenharia, deveria pôr em prática os conhecimentos que adquiriu. Não gostaria de se incorporar a uma brigada de engenheiros, como ajudante? Assim ganha experiência prática. Com o tempo será confirmado como membro do corpo real, tenho certeza.

Com a morte do marquês, era evidente que Bazoches se transformaria em algo muito diferente, e que Jeanne assumiria as rédeas. Eu não podia ficar lá. Concordei esvaidamente com a cabeça. Bardonenche, sorrindo, bateu na palma da mão direita com o punho esquerdo:

— Rejoingnez l’armée du roi!

Jeanne tinha sido a bigorna e Vauban o martelo. E eu, um pedaço de latão esmagado entre os dois. Dava tudo no mesmo para mim. Se tivessem me oferecido um lugar em Anatólia, como construtor de cercas para piaras turcas, também diria que sim. Quanto a Jeanne, minha última conversa com ela só serviu para destroçar ainda mais a minha alma.

— Você conseguiu que ele me aceitasse em Bazoches — rememorei. — Mentiu para o seu pai. Disse que era eu quem mais conhecia a sua obra, e não era verdade. Talvez tenha sido um erro,
talvez fosse melhor nunca tê-los conhecido. E hoje estaríamos todos mais felizes.

— Mas, Martí — replicou —, eu não disse mentira nenhuma. Fiz um relato exato das respostas dos três aspirantes, inclusive a sua. “Uma flor de pedra”, assim você descreveu sua melhor fortaleza. E meu pai disse: “Esse será meu aluno, esse pode ter um coração de engenheiro.”

Vauban morreu em Paris, mas foi enterrado em Bazoches. O coração separado do corpo, numa urna. Era um homem que respeitava a ordem, não quis se contrapor às convenções do seu tempo. Mas, para quem soubesse olhar, ali estava tudo: o corpo para os padres, o coração para o Mystère. Se vocês são crentes, saibam que, de todos os seres humanos que já existiram desde que o mundo é mundo, Vauban é o único a respeito de quem eu me atreveria a jurar que está lá em cima. Aposto qualquer coisa que ao vê-lo chegar lhe abriram as portas do céu, de par em par e sem objeções. Caso contrário São Pedro se arriscava a vê-lo voltar com um regimento de sapadores. Acho que tomaria o céu em sete dias. Bem, sejamos piedosos; nem que seja só para não ofender aquele que, segundo os ilusos, criou toda esta merda, vamos deixar em oito.


Albert Sánchez Piñol nasceu em Barcelona, na Espanha, em 1965. É antropólogo de formação e um dos escritores mais importantes em língua catalã da atualidade. Autor de um livro de ensaio e quatro romances, entre eles A pele fria, de 2003. Victus, seu romance mais recente, circula em 14 países e será publicado no Brasil em abril pela Alfaguara.

Ari Roitman é um carioca que, graças às reviravoltas do século XX, ainda jovem incorporou o castelhano e o bilinguismo à sua vida. Psicanalista, logo reconheceu a função e o campo da palavra — na clínica, na existência e na literatura. Fundou as editoras Relume-Dumará e Garamond, e vem dirigindo esta última desde 1997. Suas primeiras traduções foram do francês, de obras de Jacques Lacan e dos psicanalistas de sua escola. Posteriormente dedicou-se à tradução literária, quase sempre em colaboração com Paulina Wacht.

Paulina Wacht nasceu em Buenos Aires e mora no Rio de Janeiro desde 1982. Fiel às suas origens, ainda guarda um exemplar da primeira edição de A volta ao dia em 80 mundos, de Cortázar, que ganhou ao completar 15 anos — e décadas depois traduziu para o português. É psicanalista, e desde os anos 1990 exerce a tradução literária.

Entre os autores que traduziram estão Cortázar, Vargas Llosa, Camus, Benedetti, Montalbán e Robe-Grillet.